Nuevas misericordias para aconsejados desanimados (Parte 1)

La humillante caída de Antonio

Antonio se sienta en su celda de la cárcel reflexionando sobre cómo llegó allí, un lugar que nunca hubiera soñado posible cuando era más joven. Fue declarado culpable de agredir sexualmente a su hija de diez años. Su esposa ha decidido divorciarse de él. El resto de su familia está en estado de shock, y no hay indicios de que quieran tener nada que ver con él. Antonio y su esposa han profesado ser cristianos por décadas. Antonio creció en un hogar vigorosamente cristiano, y recuerda haber despreciado a otros hombres cuando estaban en una posición como la que él tiene ahora. Perdió su matrimonio, su familia, su trabajo (como maestro de escuela primaria) y su libertad. No puede pensar en otra época de su vida que se haya sentido tan solo, tan avergonzado, tan indigente. Él no quiere hablar con la gente, porque es difícil mirarlos a los ojos. Pero hoy tiene la oportunidad de hablar con un capellán de la prisión. Él se pregunta: “¿Valdrá la pena?”

Conectando a Antonio con otra historia de derrota

¿Vale la pena? Esa es una gran pregunta para Antonio y su capellán. Si fueras el capellán, ¿cómo abordarías la pregunta de Antonio? Hay muchas formas en que podrías abordar este delicado tema con él, pero yo sugeriría una que esté “hecha a la medida” para alguien como Antonio. Es una parte de las Escrituras que expone la agonía de la disciplina de Dios y la esperanza de su misericordia. A partir de este pasaje de las Escrituras, Antonio puede estar seguro de que incluso cuando el pueblo de Dios caiga más allá de lo que alguna vez creyó posible, y las consecuencias que sufren son mucho peores de lo que jamás imaginaron, su misericordia y gracia se extienden tanto como lo necesitan.

Estoy sugiriendo que lleves a Antonio al libro de Lamentaciones. Allí escuchará de varias “voces” sobre cómo los residentes de Jerusalén fueron sometidos a consecuencias horribles y humillantes por su pecado. Una de esas “voces” es la misma Jerusalén, retratada como una mujer indigente y avergonzada:

“Jerusalén, antes colmada de gente, ahora está desierta. La que en su día fue grande entre las naciones ahora queda sola como una viuda.La que antes era la reina de toda la tierra,ahora es una esclava ” (Lam. 1:1, ver también 1: 3).

 

En medio de su tristeza y sus andanzas Jerusalén recuerda su antiguo esplendor. Pero ahora ha caído en manos de su enemigo
y no hay quien la ayude. Su enemigo la derribó y se burlaba cuando ella caía.
” (Lam 1:7, ver también 2:15-16).

No hay duda de por qué Jerusalén sufría como ella; eso fue lo suficientemente claro.

“El Señor está en lo correcto, porque me he rebelado contra su palabra ” (Lam 1:18, ver también 1: 8; 2:14; 4:13).

Los residentes de Jerusalén habían perdido todo lo que les era estimado. De hecho, habían perdido todo lo que pensaban que les había proporcionado una seguridad inquebrantable. Ahora sus vidas estaban en completo caos.

“… y en su feroz indignación ha rechazado al rey y al sacerdote. “El Señor ha despreciado su altar, desheredó su santuario … “Su rey y sus príncipes están entre las naciones; la ley ya no existe, y sus profetas no reciben más visiones del Señor “(Lam 2: 6, 7, 9, ver también 4:11, 16, 20, 5:18).

Por lo tanto, la gente de Jerusalén se quedó con la pregunta candente: cuando el sentido de seguridad se ha evaporado y la vida es un desastre, ¿a dónde puede recurrir? Esa también era la pregunta que Antonio no estaba seguro de cómo responder, y de la cual no podía librarse.

Aclarando el dilema de Antonio

Aquí, entonces, está el dilema que enfrentan tanto Jerusalén como Antonio: si de hecho Dios tiene el control (3:37-39), entonces aunque el pecado justifique su disciplina, Él todavía es el único que puede librarlos de su sufrimiento. (3:43-50).

Pero cuando estás sufriendo tanto, puedes dudar un poco acerca de acercarte al mismo Dios a quien tan ofensivamente haz ofendido. Es por eso que Antonio se sienta en su celda de la cárcel preguntándose si debería molestarse en reunirse con un capellán. En el pasado, había recibido consuelo y consejo de pastores, maestros de escuela dominical y sus padres. Pero ahora la carga de sus pérdidas y el dolor de su vergüenza lo molestan. ¿Por qué debería él pensar que Dios ahora lo bendeciría?

Incluso cuando el pueblo de Dios caiga más allá de lo que alguna vez creyó posible, y las consecuencias que sufren son mucho peores de lo que jamás imaginaron, su misericordia y gracia se extienden tanto como lo necesitan.

Es significativo que Lamentaciones, con sus descripciones detalladas de las agonías que experimentó la gente de Jerusalén, se haya preservado para nosotros. Seguramente parte de la razón es alentarnos a ser oyentes empáticos. Si fueras el capellán de Antonio, un objetivo inicial sería hacer eso con él. No te apresures a descartar su confusión interna; primero ponlo en marcha. Descubre cuánto ha avanzado con su línea de razonamiento. Escucha cómo piensa sobre Dios en este momento. Desde allí, estarás en una mejor posición para ofrecerle las nuevas misericordias del Señor, que exploraremos en la parte 2 de este blog.

Pregunta para la reflexión

¿Qué preguntas podrías usar para poner en marcha a Antonio?

Jeff Forrey

Jeff Forrey, Ph.D., actualmente es el escritor principal de Church Initiative, un ministerio de desarrollo de currículo en Wake Forest, Carolina del Norte. Anteriormente, fue consejero bíblico en St. Louis, Cape Girardeau y los suburbios de Chicago.

Traducido por: Miguel Linares

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