Cuando tu canto es un lamento, cántalo con todo tu corazón.

Betty-Anne Van Rees

A veces la vida en este mundo caído es abrumadora. Si no nos resultara así de vez en cuando, habría algo malo. Fuimos hechos para un mundo totalmente diferente al cual vivimos actualmente. Cuando este mundo nos falla, Dios nos dirige a sí mismo y el mundo que vendrá de nuevo. No es que soportamos el estar ‘aquí’ hasta llegar ‘allá’; pero el sufrimiento en este mundo nos ayudará a aprender a vivir el ‘aquí’ a la luz de lo que viene.

Es una tragedia sin precedentes el vivir en este “valle de sombra de muerte” como si fuera todo lo que hay. En toda la vida, Dios nos está apuntando a algo mucho más grande; a sí mismo. Sin embargo, hay un peligro muy real de perder de vista a Dios; de que nuestras circunstancias no nos dirijan hacia Él en amor, sino lejos de Él. Nuestra respuesta al sufrimiento tendrá un impacto significativo en la eficacia de la labor que Dios busca hacer.

Podríamos dejar de verlo: Por poner toda nuestra atención en las circunstancias.

Las cosas que vienen a nosotros en este mundo — pérdida, desilusión, dolor físico, rechazo, crueldad intencional — a veces pueden ser tan abrumadoras que no somos capaces de mirar más allá de ellos. Podríamos estar tentados a creer que no podemos mirar más allá de ellos o incluso que no hay nada más allá de ellos; que nuestro sufrimiento es todo lo que hay o alguna vez habrá.

Podríamos dejar de verlo: Por huir de la tristeza y la añoranza.

Se requiere de gran valor para afrontar las dolorosas circunstancias que experimentamos en este mundo. Somos tentados a blindar nuestros corazones contra el dolor y permanecer firmes en ello como soldados. Tal vez tenemos miedo; miedo de que si lo afrontamos, nos absorba dentro de su torbellino y no tengamos manera de escapar. Así que nos mantenemos ocupados, o nos escondemos lejos, o intentamos anestesiarnos con drogas, alcohol, éxito profesional, recreación o posesiones o…

Podríamos dejar de verlo: Debido a la teología defectuosa

A veces las mentiras son más fáciles de creer que la verdad. “Mi sufrimiento es único; nadie lo entiende.” “Merezco sufrir más que otros”. “Dios no es lo suficientemente poderoso como para cambiar esto”. “A Dios no le importa mi sufrimiento”. “No tengo esperanza”.

¿De dónde vendrá mi socorro?

¿Así que, exactamente cómo navegamos a través del valle de sombra de muerte con los ojos fijos en Dios para que las pruebas y sufrimientos de este mundo no nos lleven lejos de Dios, sino más bien, hacia Él? Afortunadamente, nuestro misericordioso Dios quiere que sepamos la respuesta. Una de las formas en la que nos muestra es permitirnos adentrarnos en las historias de otros compañeros viajeros que también han luchado. Él ya tenía presupuestado, el darnos el privilegio de escuchar el clamor (llanto desde el corazón) de los hombres como Job, Elías, David, Pablo e incluso su Hijo. Hay gran consuelo en saber que otros han pasado por este camino antes que nosotros. Y hay incluso un mayor consuelo en la revelación del interés íntimo de Dios en su sufrimiento (y en el nuestro).

Acércate

Muy a menudo, nuestras respuestas al sufrimiento son un intento para alejarnos de él, y en el proceso nos alejamos de Dios. Enojo, ocupaciones, reemplazos de Dios que esperamos que calmen el dolor. Pero una y otra vez en las escrituras, nos encontramos con gente que luchó y se acercó a Dios en lugar de alejarse de Él. Muchos de los Salmos nos llevan a las batallas internas de los hombres que lucharon con las circunstancias de la vida. Estaban confundidos y enojados, pero no dejaban que sus emociones les impidieran buscar de Dios. Buscaron, y Dios se encontró con ellos, pacientemente reorientando su perspectiva hasta que entendieron la verdad y fueron capaces de ver la bondad de Dios incluso en las pruebas más profundas (ejemplo, Salmo 3).

Espera

Job estaba sentado entre cenizas (Job 2:8), Elías se recostó bajo un arbusto (1 Reyes 19:5), David estuvo en una cueva (Salmos 57 y 142), y Jesús estuvo en un jardín (Mateo 26 y Hebreos 5:7-8). Cuando la vida era abrumadora, ellos callaron. Se detuvieron y esperaron en Dios, y Dios se encontró con ellos, cuidó de ellos, y contestó el clamor de su corazón.

Para algunos Él se reveló a ellos en nuevas formas; a otros los consoló. Él no les dio todo lo que pidieron porque a veces “no” es la respuesta correcta, pero Él estaba allí para caminar con ellos a través de su aflicción.

Esta es la clave. Esperar. No sabemos cuánto tiempo Job permaneció tirado en el montón de ceniza o Asaf en el Santuario de Dios (Salmo 73) antes de que Dios cambiara su perspectiva sobre el sufrimiento de este mundo. Puede ser un proceso lento, pero estas y muchas otras historias como ellas, nos están hablando sobre el tipo de Dios que es Él. Él nos encuentra donde estamos. Él no nos condena por estar allí pero tampoco nos deja allí. Habla verdad para reemplazar las mentiras. Y todo el proceso está poderosamente saturado de amor, el cual después crece en los corazones de aquellos con quienes se encuentra. No sólo es la relación reconfortante; es transformadora.

Deja a otros unirse a ti en el montón de ceniza

La independencia es nuestra bandera y nuestra maldición. Culturalmente estamos orgullosos de nuestra habilidad para ‘ir solos’, pero Dios no quiere que la vida en Él funcione de esa manera. Incluso, no creo que sea exagerado decir que, de hecho no funcionaría. En el jardín del Edén, Dios creó a Eva “porque no era bueno para el hombre estar solo”. Dios mismo existe de manera relacional, y como portadores de su imagen, nos da dos mandamientos que resumen el propósito de nuestra existencia: Tener una relación de amor con Dios y con los demás. Dios es más glorificado cuando estamos aprendiendo a vivir en una amorosa relación con Él y con los demás.

Es un negocio arriesgado el compartir tu montón de cenizas con los demás. Inevitablemente, nos encontraremos con algunos consejeros como los de Job. Sin embargo, existe un riesgo mayor que este. Cuando nos aislamos de todos, rechazamos el ministerio que Dios ha ordenado (2ª Corintios, 1). Tal vez podríamos estar a salvo de daños potenciales, pero también nos aislamos de ese ministerio de consuelo que Dios busca dar.

Canta tu lamento hasta que ya no lo necesites: Cuando puedas, canta alabanzas

Regalos de gracia son dados a todos nosotros. Pero debemos estar preparados para ver y dispuestos a recibir estos regalos. Esto requerirá un tipo de sacrificio, el sacrificio de creer que, sin importar cuán dolorosas son nuestras pérdidas, la vida todavía puede ser buena.

Dios nos llama a humillarnos bajo su mano poderosa. En ese lugar, nos recuerda que Él es Dios y nosotros no; que Él es bueno y todo lo que hace es bueno (Salmo 119:68). Y Él nos llama a acercarnos a Él, esperar en Él y se compromete a acercarse a nosotros en respuesta. Allí, en su tierno cuidado, nos muestra que el lamento y la alabanza, como dolor y regocijo pueden coexistir; que a pesar de que la vida es dura, cuando nuestros corazones están cerca del suyo, podrá haber lamento, pero también puede haber una canción de alabanza.

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¿Cómo se ve, se oye y se siente en tu vida el lamentarte como los salmistas?

¿Cómo podemos invitar a otros a lamentarse como Jesús?

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