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Intercambiando la Queja por Gratitud

  • Foto del escritor: CCB
    CCB
  • 20 mar
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día

¿Qué se encuentra en el corazón de la ingratitud, y cómo pueden los creyentes cultivar la acción de gracias?



Si buscas en Google “lista de agradecimiento” o “diario de gratitud”, tu búsqueda rebosará de entradas de blogs, listas y artículos de grupos de salud mental, coaches de vida de autoayuda y filósofos humanistas del mindfulness, junto con diarios adornados con flores y tipografía estilo granja, disponibles para compra, particularmente dirigidos a mujeres. Contar las bendiciones propias se ha convertido en una tendencia popular y lucrativa en nuestra cultura. Los aspirantes esperan reducir la ansiedad y la depresión, e incrementar la felicidad personal y la calidad de vida.


Los creyentes practican la gratitud también, aunque con un significado, motivación y misión totalmente distintos. Sin embargo, en la vida práctica, los cristianos aún pueden buscar la salida más rápida cuando llegan pruebas dolorosas, incluso cuando abrazamos la comprensión de la bondad soberana y fiel de Dios al ordenar todas las circunstancias.


Las Raíces de la Queja


Como con todo pecado, el orgullo ciertamente yace en la raíz del descontento. Jonathan Edwards llamó al orgullo la “peor víbora que hay en el corazón”, el primer pecado que “entró en el universo [y el…] más bajo de todos en el fundamento de todo el edificio del pecado”. El orgullo contamina prontamente todo lo que toca, y cuando queda insatisfecho—cuando se le niega aquello que la vanagloria imagina que tan justamente merece—produce descontento. Percibimos una variedad de injusticias, pues nuestras quejas varían enormemente en grado—desde la más ligera molestia que provoca el mal clima durante esos pocos momentos entre nuestros espacios con clima controlado, hasta las profundas pero sensibles desilusiones de aspiraciones incumplidas en la vida, y todo lo que hay en medio. El orgullo y su consecuente insatisfacción producen una descendencia enfermiza que continúa haciendo crecer el retorcido árbol genealógico del pecado. Los celos, la envidia, la malicia, la depresión, la amargura, el temor y la ansiedad pueden rastrear su linaje hasta estas raíces feas.


Cuando hablo de contentamiento con los aconsejados, frecuentemente les pregunto cuál es la actividad más común que realizan los incrédulos a su alrededor, especialmente si han tenido un trabajo en un entorno secular. La respuesta es invariablemente la misma: quejarse. Los hombres son naturalmente “murmuradores, quejándose de su suerte, siguiendo sus propios deseos” (Judas 16).


Naturalmente deseamos satisfacción. Esta característica del diseño humano fue formada por Dios, quien en su gracia provee lo que verdaderamente sacia—Él mismo (Salmo 16:11). Desde la caída, la inclinación pecaminosa del hombre no regenerado lo lleva a buscar por todas partes en los lugares equivocados, desde la depravación más baja hasta las “buenas” cosas de este mundo. Pero nada de eso satisface, porque nada más está destinado a hacerlo—todo lo demás es un constante fluir de placeres temporales y brillantes. La industria de la publicidad monetiza este deseo corrompido por una suma de más de 250 mil millones de dólares al año solo en Estados Unidos.


Luces Resplandecientes de Gratitud


En contraste, los creyentes deben ser marcados por su agradecimiento a Dios (1 Tesalonicenses 5:18). Debemos estar “rebosando de gratitud” (Colosenses 3:7). “Dar gracias al Padre” debe estar continuamente en nuestros labios por “calificarnos para compartir en la herencia de los santos en Luz”, porque Él “nos ha librado del dominio de las tinieblas y trasladado al reino de Su Hijo amado, en quien tenemos redención, el perdón de los pecados” (Colosenses 1:12–14).Y aun así sufrimos de esta inclinación producida por la carne a murmurar. De lo contrario, el apóstol Pablo no habría recordado a los filipenses: “Haced todas las cosas sin murmuraciones”, porque debían ser “lumbreras en el mundo” viviendo “irreprensibles en medio de una generación torcida y perversa” (Filipenses 2:14–15).Tampoco el puritano Jeremiah Burroughs habría tenido que calificar la joya del contentamiento bíblico como rara. El evangelio coloca un fundamento de gratitud sobre el cual añadimos “toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”, incluyendo “las riquezas de Su gracia que Él hizo abundar para con nosotros” (Efesios 1:3, 7–8), y también cada “dádiva buena y todo don perfecto… descendiendo del Padre de las luces” (Santiago 1:17).


Una Lista que Vale


La Biblia sostiene la gratitud como un reemplazo que honra a Dios en lugar de nuestras quejas y lamentos. No es extraño en la consejería bíblica pedir a los aconsejados que mantengan un diario de gratitud al cual añadir y consultar regularmente. David llamó a su alma a “Bendice, alma mía, al SEÑOR… y no olvides ninguno de Sus beneficios” (Salmo 103:2). Aún el mundo secular percibe ventaja aquí (aunque es menos seguro a quién están agradecidos). Como se mencionó, el fundamento absoluto del creyente para la gratitud está basado en el evangelio, donde la satisfacción final en Dios es posible mediante la obra reconciliadora de Jesucristo. Todo emana del destino de nuestras almas eternas—ya sea de un gozo eterno y contento, o una condenación eterna y atormentadora. Cada elemento en una lista de gratitud es secundario a la salvación—pues, dicho sea de paso, todos serían irrelevantes sin ella.


A veces, puede ser una lucha añadir a la lista de manera real y significativa, y “Cosas por las que Estoy Agradecido” puede rápidamente descender hacia trivialidades desequilibradas o generalidades demasiado amplias, ambas rozando la superficialidad. Ninguno de estos aspectos es inherentemente malo, pero a menudo terminamos con una lista desequilibrada y deficiente que quizá socava su propósito inicial. En cambio, debemos recordarnos del carácter y las promesas de Dios. En lugar de rompernos la cabeza para producir más elementos aleatorios y apresurados por los cuales estar agradecidos, considera renombrar la lista como: “Todo lo que Tengo y No Merezco”. Eso es… bueno, todo. Todo debería inundar nuestra mente, incluso las incontables bendiciones en medio de las pruebas más difíciles.


Considera yuxtaponer esta lista con otra que catalogue: “Todo lo que No Tengo pero Sí Merezco”. Si tu lista queda en blanco, has captado la idea. O mejor aún, si contiene un solo elemento: el infierno. El recordatorio de nuestra justa y inmediata condenación por nuestro pecado pone todo en la perspectiva correcta y produce una oleada de gratitud. Por último, no guardes tus bendiciones para ti mismo: “Dad gracias al SEÑOR… Dad a conocer Sus obras entre los pueblos” (1 Crónicas 16:8). Así que compra ese diario estéticamente bonito en Amazon, y feliz día de acción de gracias.

Acerca del Autor

Jessica Mohr es una consejera certificada por ACBC que sirve en Grace Community Church en Maryville, Tennessee.

Traducción de: Natalia Guerrero

 
 
 

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