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Interpretando el duelo a la luz de la verdad de Dios

  • Foto del escritor: CCB
    CCB
  • 21 abr
  • 5 Min. de lectura

El mundo ve el dolor como algo de lo que hay que deshacerse lo más rápido posible. Pero como cristianos, el Señor nos santifica intencionalmente a través de nuestro dolor mientras contemplamos la Gloria de Cristo.



El problema del duelo


Si te dijera que mañana vas a estar muy triste todo el día, ¿Cómo reaccionarías? ¿Te daría pánico la idea de despertar? ¿Sabrías qué hacer? ¿Buscarías placeres terrenales? ¿Un helado, tu película favorita o un café con leche? A menudo, nos desagrada tanto la idea del dolor y la tristeza que solemos buscar la salida más rápida posible. En un mundo en el que hay una solución rápida para todo, existen innumerables soluciones rápidas terrenales para las emociones no deseadas.


A los cinco meses de casarnos, mi mujer sufrió un aborto espontáneo. El embarazo no era algo que esperábamos, pero no tardamos mucho en llenarnos de alegría y emoción ante la llegada de nuestro primer hijo. Pero con la misma rapidez con la que llegaron esas emociones, se fueron. Y fueron reemplazadas por desolación, confusión y dolor. ¿Por qué Dios nos daría algo que no habíamos pedido en ese momento, nos dejaría regocijarnos y estar agradecidos, solo para quitárnoslo al poco tiempo después?


Mi carne gritaba: «¡No tiene sentido!». Las noches sin dormir, la falta de placer en las actividades cotidianas y una culpa injustificada se convertirían en algo familiar en las siguientes semanas. Como dice Salomón: «Aun en la risa, el corazón puede tener dolor,

Y el final de la alegría puede ser tristeza.» (Proverbios 14:13). Pero por Su gracia, Dios nos reveló que el dolor y la pena que nos invadían decían algo mucho más verdadero sobre el mundo que Él creó que una sonrisa forzada. Y fue a través de esto que Su Espíritu nos ayudó a no perder de vista las otras verdades acerca de Dios y Su voluntad divina.


El regalo del duelo 


La muerte nunca fue parte del plan bueno de Dios. Llegó a causa del pecado (Romanos 5:12). Cuando Dios me recordó esta verdad, mi odio hacia el pecado se intensificó. El pecado ha corrompido tanto este mundo que anhelamos el día en que todas las cosas sean completamente renovadas. Un día en el que Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor (Apocalipsis 21:4). Es un recordatorio de que este mundo está pasando, de que la oscuridad y el mal no tendrán la última palabra (1 Juan 2:17). Mi amor, esperanza y confianza en Dios son más grandes hoy gracias a esta prueba.


Pero seguíamos estando tristes. Seguíamos sintiendo dolor. No es que al revelarnos Dios una verdad profunda, tu tristeza y dolor desaparecen de inmediato. Significa que Él nos enseñó a llorar de una manera piadosa. Cómo ser consolados por Él y encontrar gozo en Él, mientras llorábamos nuestra pérdida. Él tuvo gracia para con nosotros al no permitir que el dolor se apoderara por completo de nuestro corazón y nuestra mente, sino que también proveyó un espacio para la esperanza, la paz, el gozo y la fe que solo se pueden encontrar a través de Cristo.


A medida que fijas tu mente en lo de arriba (Colosenses 3:1-3), tu aflicción empieza a parecerte cada vez más ligera y pasajera, porque lo que se está preparando para ti es un peso eterno de gloria (2 Corintios 4:17). El mundo no cambia, nuestras circunstancias quizá no cambien, pero nuestros corazones sí pueden cambiar. Centrarte en el aquí y ahora e intentar comprender tu aflicción con tus propias fuerzas o desde tu propia perspectiva te lleva al agotamiento. Pero al entrar en el santuario de Dios y fijar la mirada en las cosas que son eternas (Salmo 73:17), te llenarás de esperanza y paz.


No se nos ha prometido una vida sin tristeza. Se nos ha prometido una esperanza inmensurable, un futuro seguro y un Dios y Salvador que te consolará en cualquier prueba (2 Corintios 1:3-11). El dolor y el duelo a veces son evaluaciones sinceras de la vida. Nos indican que hemos saboreado un buen don de Dios y ahora se ha ido. Él da y Él quita; bendito sea el nombre del Señor (Job 1:21).


La verdad del duelo


Samuel Rutherford dijo una vez: “No le des mucha importancia a una tormenta en el mar cuando Cristo está en la barca”. El dolor intenso puede tentarnos a pensar únicamente en la tormenta. La tormenta pasada, la tormenta presente y cómo la tormenta traerá oscuridad en el futuro. Pero el Señor nos llama a ir más allá de nuestras circunstancias y de nosotros mismos, y a habitar en Él y en Sus caminos, pues Sus caminos son más altos que los nuestros (Isaías 55:8-9). Isaías 26:3-4 nos exhorta de esta manera: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confíen en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”.


En Lamentaciones 3:17, Jeremías dice que su alma está privada de paz y que ha olvidado lo que es la felicidad. ¿En qué dice que está pensando que lo lleva a esto? En su aflicción y su deambular (Lamentaciones 3:19-20). No nos define lo que nos han hecho. No nos define lo que hicimos en el pasado. Nos define lo que Dios ha hecho por nosotros y quiénes somos en Cristo. Cristo nos da la fuerza para perseverar y una perspectiva contracultural para considerar todo gozo cuando nos enfrentemos a diversas pruebas (Santiago 1:2).


Quizá ese dolor persistente esté ahí para que te detengas y te acerques más a Dios. Pero con frecuencia, hacemos justo lo contrario. ¿No podría ser que tu perseverancia constante en la oración y en la súplica a Dios, y el hecho de acudir a Él una y otra vez, estén dando más fruto en ti que si tu dolor desapareciera? 


Tenemos un Dios que ve nuestros dolores y nuestras penas y se preocupa por nosotros. Él está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los abatidos de espíritu (Salmo 34:18). Por su gran amor hacia nosotros, envió a su único Hijo para que muriera y cargara con nuestros pecados, quien hoy está vivo e intercede por nosotros y obra para enjugar toda lágrima de nuestros ojos (Apocalipsis 21:3-4). Por eso, un duelo desproporcionado y continuo para un cristiano dice algo falso acerca de Dios y supone una incredulidad en la esperanza escatológica que solo se encuentra en Él. Como creyentes, por esta razón somos libres para llorar con esperanza (1 Tesalonicenses 4:13). Porque después de haber sufrido por un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo nos perfeccionará, confirmará, fortalecerá y establecerá (1 Pedro 5:10).


Acerca del Autor




Ace Espensheid es el pastor de una iglesia bautista en Valdosta, GA.




Traducción de: Cynthia Zamarrón

 
 
 

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