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Una nueva visión de la idolatría


Usted asiste a una buena iglesia, centrada en la predicación del evangelio. Allí se habla mucho sobre la idolatría. De hecho, se habla tanto que el concepto se ha vuelto poco interesante para usted. Sabe que adora a falsos dioses y sabe que esta es la raíz de la mayoría de sus pecados. Sabe que necesita arrepentirse. Lo escucha cada domingo y, siendo honesto consigo mismo, su corazón se ha endurecido con respecto a este tema.


Tenemos sed

Empezaré por el problema. Tenemos sed. Nacemos así. Pero esta sed no es física, es espiritual. Tenemos sed de algo mayor que lo que este mundo puede ofrecer. Algo que nos satisfaga más, algo más gratificante, más placentero, interesante, provechoso. Algo que llene el vacío que hay en nuestros corazones y que nos agobia. Algo que traiga paz a nuestras almas inquietas. Algo trascendental, divino. Tenemos sed del paraíso. Todos. Pero, hay malas noticias.


No hay nada para beber

Nada a nuestro alrededor puede saciar esta sed. ¿Por qué no? Nuestro mundo no es el paraíso. Nuestros trabajos son estresantes, demandantes y no nos satisfacen. Tenemos relaciones problemáticas. Nos enfermamos de cáncer, nos quebramos, vomitamos, tenemos hemorroides. Nos ponemos nerviosos, tenemos miedos, nos enojamos y nos molestamos. Cosas terribles como el Holocausto o el atentado del 11 de septiembre de 2001 ocurren. Hay pobreza y hambre. Los terroristas hacen explotar bombas. Nuestros automóviles se topan con baches. Pasamos años sin hablar con nuestros familiares. El divorcio separa familias. Los huracanes, los tsunamis y los terremotos destruyen el planeta. Tenemos arrugas, granos, marcas del sol y quedamos calvos. Pocas veces sonreímos o nos reímos. Pocas veces nos soltamos y jugamos. La memoria nos falla. Constantemente, ansiamos algo más.


Al final, morimos.


El mundo, tal y como lo conocemos, es cualquier cosa menos el paraíso.


Sorbos de agua salada

¿Cómo reaccionamos? ¿Qué hacemos para saciar esta sed agobiante que tenemos por el paraíso viviendo en un mundo que no es el paraíso? Tomamos sorbos de agua salada. Consumimos cosas que parecen suficientes para saciar nuestra sed. Nos prometen un placer inigualable, consuelo, gozo, paz y emociones sin límites. Juran quitar los miedos, las lágrimas, las preocupaciones y la vergüenza. Prometen llenar el vacío de nuestros corazones y calmar el dolor de nuestra alma.


Prometen el paraíso.


Así que las acercamos a nuestra boca y las bebemos. No empezamos por tomarlas de un trago, empezamos tomándolas de a sorbos, de manera muy sutil y medida. Hacemos buches, saboreamos y tragamos el agua salada lentamente.


Como era de esperar, la sed continúa sin ser saciada. De hecho, estamos más sedientos que antes y nuestro cuerpo, emociones y espíritu sufren las consecuencias como el resultado de la idolatría. Sentimos culpa, rabia, miedo y vergüenza. Estamos derrumbados. Nuestro interior se duele y nuestras relaciones sufren las consecuencias. Sufrimos espiritualmente, nuestra alma sufre.


¿Cómo reaccionamos?


Como un alcohólico con resaca, nos prometemos a nosotros mismos que no volveremos a tomar.


Pero, así como la resaca de un alcohólico pasa, así también lo hace la de los que bebemos esta agua salada. El sufrimiento ya no es tan agudo. La culpa y la vergüenza menguan. El dolor en nuestro interior se apaga. La agonía se disipa. Y volvemos a estar sedientos. Aún más sedientos.


Se repite el ciclo, una y otra vez. Y de pronto, ya no bebemos de a sorbos, engullimos. Y con el tiempo, somos adictos a esta agua salada. Somos esclavos de nuestros ídolos.


Tiene muchas formas

¿Qué formas toma esta agua salada en la vida real?


El agua salada puede ser cualquier cosa: el dinero, el sexo, la comida, la belleza o la tecnología. Puede ser el matrimonio, la paternidad, las drogas, el alcohol o el trabajo. Puede ser el control, la comodidad, los deportes, el servicio, las relaciones, la religión, el sentirse reafirmado, la adrenalina, las emociones o el ejercicio. Puede ser cualquier cosa, cualquier cosa buena que Dios nos ha dado.


La cura: el agua viva

Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Cómo se puede saciar esta sed agobiante? ¿Cuál es la cura para esta sed inevitable?


En el capítulo cuatro del Evangelio de Juan, Jesús nos lo explica. Vemos la historia de la mujer, famosa y anónima, que estaba en el pozo. Tuvo un encuentro muy breve con Jesús al mediodía, el momento más caluroso del día.


“¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (v.9)

La respuesta de Jesús: “Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva.” (v.10, énfasis añadido por el autor).


La solución para nuestra sed agobiante no es el agua salada, es el agua viva.


La fuente

¿De dónde proviene? De Cristo, Él es la única fuente. No es Alá, Buda, Mohammed, Joseph Smith o cualquier otro falso dios o profeta. La fuente no está en el hinduismo, judaísmo, budismo, mormonismo o cualquier religión que no sea la cristiana. No la vas a encontrar en el yoga, en el pensamiento positivo o en la “espiritualidad”. El agua viva viene de Jesús. Él es la fuente.


Para cualquiera

¿A quién se le ofrece? A cualquiera. Si revisamos los títulos de la mujer samaritana, ella sería la menos indicada. Era samaritana y los samaritanos eran marginados por los judíos en los tiempos de Jesús. Era mujer, un signo de inferioridad en la sociedad del siglo primero que estaba dominada por los hombres. Y estaba sola lo cual indicaba que, probablemente, las mujeres que iban a buscar agua por la mañana, la evitaban. Era una ciudadana de segunda clase según la religión, el género, los valores morales y las normas sociales. Si a ella se le ofreció el agua viva, está disponible para cualquiera. Incluyéndonos a usted y a mí.


La satisfacción verdadera

¿Puede realmente saciar su sed? Sí. De hecho, no solo saciará su sed ahora, sino que saciará su sed por la eternidad (Juan 4.14). Si decide beber del agua viva, tiene la promesa de la gloria eterna. Tiene la promesa del paraíso. No habrá más sufrimiento ni dolor. No habrá más dolores de cabeza ni de corazón. No habrá más tormentas en sus emociones. No habrá más muerte. Estará con Dios en el paraíso, para siempre.

¿Me acompañaría a beber de esta agua?


Steve Hoppe vive actualmente en la ciudad de Nueva York y está casado con su mejor amiga, Abby. Se desempeña como Director Ejecutivo de Crosstown Counseling, LLC. Es pastor y el autor de libro Sipping Saltwater.


Traducido por: Ana Luz Herbel

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