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Venciendo el pensamiento improductivo

  • Foto del escritor: CCB
    CCB
  • 20 mar
  • 5 Min. de lectura

¿Qué debemos hacer cuando nuestra mente sigue vagando hacia el pasado o se adelanta al futuro, en lugar de estar plenamente presentes, con nuestros pensamientos puestos en el Señor y en Su Palabra?


Últimamente hemos escuchado mucho acerca de recortar gastos innecesarios del presupuesto nacional para reducir la carga de la deuda sobre los contribuyentes. Pero eliminar el desperdicio no es sencillo, ya sea en forma de kilos de más, gastos excesivos o incluso nuestros pensamientos. Sí, el pensamiento improductivo puede ser tan pesado como gastar o comer sin control. Los problemas que surgen cuando descuidamos nuestra vida mental son serios y, tristemente, algunos tienen consecuencias eternas.

Pablo nos dice en Romanos 1:21:


«Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido».


Aquí, Pablo habla de aquellos cuyos corazones no han sido tocados por el Espíritu de Dios, que aún caminan en tinieblas en lugar de en luz, y cuyos pensamientos son vanos. Sin embargo, incluso quienes hemos sido llamados de las tinieblas a la luz admirable de Dios seguimos llamados a ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12–13). Y una de las batallas más comunes —aunque muchas veces descuidadas— en nuestra búsqueda continua de santificación es el pensamiento improductivo.


Como consejera bíblica, he visto cuán real es esta lucha. El pensamiento improductivo puede conducir al desánimo, la insatisfacción, la división y la desesperación. A veces se arraiga tan profundamente que la persona siente que ya no tiene control sobre su mente. Esta carga pesa mucho, no solo sobre quien la vive, sino también sobre quienes lo aman.


¿Cómo se ve el pensamiento improductivo?


El pensamiento improductivo ocurre cuando nuestra mente se aleja del momento presente, el regalo que Dios nos da, y se adentra en un desierto estéril. Por lo general, nuestros pensamientos toman uno de dos caminos familiares: el futuro o el pasado. Ninguno puede ser controlado, y aun así nos obsesionamos con predecir lo que vendrá o con reescribir lo que ya fue. Al ocupar nuestra mente con el pasado o con escenarios imaginarios del futuro, dejamos de estar plenamente presentes: con nuestras responsabilidades actuales, con nuestra comunión con Dios o con el servicio sacrificial a los demás.


Existen otros desiertos también. El miedo, por ejemplo, no es solo un terreno árido: es una fortaleza poderosa que puede apoderarse de nuestros pensamientos y robarnos la paz. Romanos 8:6 subraya una motivación contundente para decidir si controlamos nuestros pensamientos o si dejamos que ellos nos controlen:


«Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz».


¿Quién es el capitán de tu pensamiento?


Ser capitán significa estar al mando. Los capitanes lideran ejércitos, pelean batallas y toman cautivos. Quien puede tomar cautivos también tiene el poder de liberarlos. La Escritura nos muestra que nuestro Salvador es ese Capitán, Aquel que “pone en libertad a los cautivos” (Lucas 4:18–19; Isaías 58:6). Como afirma Juan 8:36:


«Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres».


Dorothea Day, en su poema My Captain, una respuesta al famoso Invictus, declaró: “Cristo es el capitán de mi alma”. Cristo vino a liberarnos de la esclavitud del pecado para que pudiéramos adorar a Dios sin temor, con la certeza de que nuestra deuda ha sido pagada por la sangre preciosa de Su Hijo, quien ahora intercede por nosotros a la diestra del Padre.


Cristo, nuestro Capitán, ahora nos llama a ser capitanes de nuestros pensamientos. Pablo escribe en 2 Corintios 10:5:


«Destruimos especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo».


Los capitanes no solo mandan; también protegen y defienden. Como capitanes de nuestra mente, debemos guardar nuestro corazón y llevar cautivos los pensamientos improductivos: esas “especulaciones y razonamientos altivos” que se oponen al conocimiento de Dios y que, si se dejan crecer, conducen al desánimo, la desesperanza y el desprecio.


Entrenamiento básico


Todo soldado pasa por un entrenamiento básico para aprender disciplina y obediencia antes de dominar habilidades especializadas. Nuestra guerra espiritual se libra dentro, en el terreno de los pensamientos, y también necesitamos entrenamiento. Debemos aprender a llevar nuestros pensamientos cautivos a Cristo.


Dios nos ha dado todo lo necesario para este entrenamiento: Su Palabra, Su Espíritu y Su Iglesia, columna y sostén de la verdad (1 Timoteo 3:15). Como buenos soldados, debemos aprender a usar estas armas y practicar la disciplina de renovar nuestra mente con la verdad de Dios, mediante el poder del Espíritu.


La disciplina del conocimiento


La disciplina es clave, no solo para controlar lo que comemos, gastamos o bebemos, sino también para capturar pensamientos improductivos. Por el poder del Espíritu, leemos, estudiamos, escuchamos y cantamos la Palabra de Dios (Colosenses 3:16). Buscamos que los pensamientos de Dios se conviertan en nuestros pensamientos.

Isaías nos recuerda:


«Porque como los cielos son más altos que la tierra, así Mis caminos son más altos que sus caminos, y Mis pensamientos más altos que sus pensamientos».(Isaías 55:9)


Y Pablo nos exhorta:

«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo merece elogio, en esto mediten». (Filipenses 4:8)


Esta lista describe a nuestro Salvador, el único verdaderamente digno de alabanza. Pensar en estas cosas es cultivar la mente de Cristo.


Nuestro objetivo es imitar a nuestro Padre celestial (Efesios 5:1) y estar preparados para responder a los que están fuera de la fe con un corazón puro, hablando con gracia, sazonados con sal (Colosenses 4:6).

Estar preparados implica tener una mente sobria y alerta, con palabras llenas de esperanza, no arraigadas en ambición egoísta, sino en humildad, considerando a los demás como más importantes que nosotros (Filipenses 2:3–4). Las palabras “sazonadas con sal” preservan y sanan, en lugar de destruir o desalentar.


Una oración por tu vida mental


Mi oración por ti, lector, es que tus pensamientos ya no vaguen por desiertos estériles y que también seas animado a ayudar a otros a hacer lo mismo. Que, por el poder del Espíritu, practiques llevar tus pensamientos cautivos, estando listo para responder a cualquiera que pregunte por el Capitán de tu alma, porque tu corazón y tu mente están correctamente ocupados con pensamientos gloriosos de Cristo.


Conclusión


Mientras avanzas en tu día, recuerda que Dios te llama a ser el capitán de tus pensamientos, no un pasajero pasivo en un barco a la deriva. Esta disciplina requiere práctica, gracia y el poder del Espíritu Santo. Pero, al llevar intencionalmente tus pensamientos cautivos, encontrarás paz, propósito y disposición para compartir la esperanza que vive en ti.


Que tu mente esté llena de lo que es verdadero, honorable, puro y amable. Y que tus palabras, sazonadas con gracia, lleven luz a un mundo atrapado en el pensamiento improductivo.


Preguntas para reflexionar

  • ¿De qué maneras notas que tus pensamientos se deslizan hacia “desiertos” de miedo, culpa o preocupación?

  • ¿Cómo puedes invitar al Espíritu Santo a ayudarte a llevar esos pensamientos cautivos y redirigirlos hacia la verdad?

  • ¿Qué hábitos prácticos podrías desarrollar para sumergirte diariamente en la Palabra de Dios y alinear tu mente con la Suya?

  • ¿Quién en tu vida necesita que estés preparado para hablar palabras de esperanza y gracia? ¿Cómo puedes prepararte para ello?

Acerca del Autor

Susan Bennet es consejera certificada por ACBC y sirve en St. Andrews Chapel (PCA) y en el Jonathan Project. Está casada con Charles y tiene tres hijos adultos.

Traducción de: Natalia Guerrero

 
 
 

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